Serafín Pedraza Pascual:
Está
claro que muchos ciudadanos y ciudadanas de este país no se enteran, a
pesar de que se les explique algunas cosas una y miles veces. La función
principal de un gobierno en un país medianamente democrático es la
defensa del bienestar del conjunto de la nación. Existe una obligación
jurídica y moral (al menos así debiera ser) de no dejar a nadie bajo el
umbral de esos mínimos que garantizan una
dignidad, que no debiera ser discutida desde cualquier opción política
medianamente civilizada. Un cambio de gobierno, debiera ser siempre una
opción de mejora real, y nunca una operación de castigo a la mayoría,
considerada carne de cañón, frente a los intereses de la minoría.Hoy por
hoy, en esta España de picaros zafios, de gobernantes sin brillo, y de
oposiciones en la inopia, toda gira en contra de las agujas del reloj.
Después de varias sesiones de bisturí económico y financiero, mas
cercanas al utillaje del matarife que al del cirujano encargado de
salvar vidas, nos encontramos con un país que se desangra por los
cuatros costados.
Llama poderosamente la atención la quietud de los
expulsados de una sociedad que da la espalda a cualquiera que ya ha
entrado en el círculo terrible de la pobreza cuando no de la miseria.
Primero nos hicieron creer que la culpa era de todos, porque todos
habíamos derrochado los bienes que no teníamos. Primera mentira que se
ha asentado en los espíritus convirtiendo una crisis calculada y
planificada por unos cuantos en un auténtico pecado original. Después se
vendió con la ayuda del sector político, tanto gobierno como oposición,
que la nueva religión tenía que ser la tijera en su máximo esplendor.
Sin olvidar la inestimable ayuda de los medios de comunicación afines y
los profesionales que vendieron su integridad moral de periodistas por
un plato de lentejas baratas (aunque fueran con denominación de origen).
Asistimos inmóviles a los excesos de los bancos desahuciando, a una
sanidad recortada, a una educación pasada por la prensa del
adelgazamiento de un sector público, añadiendo una buena dosis de
adoctrinamiento. Y tampoco hicimos nada (o muy poco para parar esa
locura). Vimos como seis millones de ciudadanos perdían su trabajo y nos
reconfortamos pensado que el nuestro estaba a salvo, eso sí con alguna
merma de la nómina. Los servicios sociales pasaron a ser una carga
inútil que un Estado no debía permitir. Los ancianos, los
discapacitados, y demás colectivos con necesidad de una mayor protección
fueron el pasto de la voracidad de ese nuevo descubrimiento llamado
"mercados". Desde el anterior gobierno, ensimismado en su mediocridad,
hasta el actual, empeñado en hacer gala de una saña particular en
castigar a esta ciudadanía pecadora, han sido años de furia dirigida
contra una población que ha aguantado los palos casi sin rechistar. Para
colmar la copa de la iniquidad, y pensando que en algún momento esta
puede rebosar y provocar el sunami de la desesperación llevada hasta sus
últimos límites, este gobierno se inventa la llamada ley de seguridad
ciudadana. En ninguna parte de esa nueva ley existe ni media palabra
dirigida a defender los derechos de esa ciudadanía. Es una ley mordaza,
claramente volcada hacia un recorte radical de los derechos y libertades
de todos los ciudadanos libres de este país. Es la misma libertad la
que está en peligro. Si examinamos de cerca los planteamientos de estos
nuevos preceptos, solo nos encontraremos con un ataque preventivo contra
todo lo que se había conseguido en años de lucha contra los que nunca
estarán dispuestos a ceder nada a lo que ellos consideran el populacho.
No existe ningún espacio, ni grande ni pequeño, que esta ley no toque
para encadenar las posibles acciones de una ciudadanía que vive todavía
bajo los efectos del narcótico del miedo y de la mentira. Pretende
adelantarse a un posible despertar que, si miramos la historia de este
país, siempre sería con consecuencias graves. Si esta ley se aprueba
solo quedara el derecho a llorar en silencio, a no mostrar ninguna
discrepancia en público, y hasta casi en privado si no estamos seguros
de las personas que nos acompañan en ese momento. El tono de la voz será
medido y, a partir de ciertos decibelios, se considerará desacato al
orden público. Las reuniones deberán ser controladas, no sea que a
alguno de los presentes se le ocurra la brillante idea de lanzar alguna
crítica contra los dueños de este país (y todos sabemos ahora mismo
quienes son). Se pretende encadenar el pensamiento y hasta la
conciencia. Se busca la creación de un país de productores sumisos que
recibirán el pan amargo de la indignidad y tendrán la obligación de
mirar con gratitud hacia los verdugos. Sin levantar demasiado la vista
porque podría ser considerado como un acto de orgullo contra los que
tienen la "legitimidad" del mando. Eso es exactamente el punto, la
encrucijada en la que se encuentra una nación que, fuera de las
fronteras, se mira con desconfianza, sirve de burla y algunos ya
consideran como un buen oasis para negocios turbios. Una realidad
trágica, gris, enlutada por la ineficacia de unos y la ira de los que
todavía entienden que la obediencia debida no se está cumpliendo en su
totalidad. Después de todo lo visto, y todo lo que queda por ver, solo
me queda una pregunta: ¿donde está el punto de ruptura de un panorama en
el que ya no existen ni razones ni razón? Está última se adormeció y
los monstruos recorren los espacios buscando a todos los que muestren
algún síntoma de haber perdido el miedo. Cuando se ha perdido toda
esperanza, y el miedo se va desvaneciendo, llega algo que ninguna ley,
ningún escrito, ni la firma de ningún gobernante es capaz de parar.
Entonces empiezan las grandes tribulaciones cuyo destino es siempre
imprevisible y en las que nadie está a salvo, incluso los que se
esconden detrás de sus murallas, sus normas, sus cajas fuertes, sus
guardas de seguridad y su moral decadente. Habrá que ir tomando nota.
