12 de diciembre de 2013

Interesante este artículo de Serafín Pedraza Pascual

Serafín Pedraza Pascual:

Está claro que muchos ciudadanos y ciudadanas de este país no se enteran, a pesar de que se les explique algunas cosas una y miles veces. La función principal de un gobierno en un país medianamente democrático es la defensa del bienestar del conjunto de la nación. Existe una obligación jurídica y moral (al menos así debiera ser) de no dejar a nadie bajo el umbral de esos mínimos que garantizan una dignidad, que no debiera ser discutida desde cualquier opción política medianamente civilizada. Un cambio de gobierno, debiera ser siempre una opción de mejora real, y nunca una operación de castigo a la mayoría, considerada carne de cañón, frente a los intereses de la minoría.Hoy por hoy, en esta España de picaros zafios, de gobernantes sin brillo, y de oposiciones en la inopia, toda gira en contra de las agujas del reloj. Después de varias sesiones de bisturí económico y financiero, mas cercanas al utillaje del matarife que al del cirujano encargado de salvar vidas, nos encontramos con un país que se desangra por los cuatros costados. 

 Llama poderosamente la atención la quietud de los expulsados de una sociedad que da la espalda a cualquiera que ya ha entrado en el círculo terrible de la pobreza cuando no de la miseria. Primero nos hicieron creer que la culpa era de todos, porque todos habíamos derrochado los bienes que no teníamos. Primera mentira que se ha asentado en los espíritus convirtiendo una crisis calculada y planificada por unos cuantos en un auténtico pecado original. Después se vendió con la ayuda del sector político, tanto gobierno como oposición, que la nueva religión tenía que ser la tijera en su máximo esplendor. Sin olvidar la inestimable ayuda de los medios de comunicación afines y los profesionales que vendieron su integridad moral de periodistas por un plato de lentejas baratas (aunque fueran con denominación de origen). Asistimos inmóviles a los excesos de los bancos desahuciando, a una sanidad recortada, a una educación pasada por la prensa del adelgazamiento de un sector público, añadiendo una buena dosis de adoctrinamiento. Y tampoco hicimos nada (o muy poco para parar esa locura). Vimos como seis millones de ciudadanos perdían su trabajo y nos reconfortamos pensado que el nuestro estaba a salvo, eso sí con alguna merma de la nómina. Los servicios sociales pasaron a ser una carga inútil que un Estado no debía permitir. Los ancianos, los discapacitados, y demás colectivos con necesidad de una mayor protección fueron el pasto de la voracidad de ese nuevo descubrimiento llamado "mercados". Desde el anterior gobierno, ensimismado en su mediocridad, hasta el actual, empeñado en hacer gala de una saña particular en castigar a esta ciudadanía pecadora, han sido años de furia dirigida contra una población que ha aguantado los palos casi sin rechistar. Para colmar la copa de la iniquidad, y pensando que en algún momento esta puede rebosar y provocar el sunami de la desesperación llevada hasta sus últimos límites, este gobierno se inventa la llamada ley de seguridad ciudadana. En ninguna parte de esa nueva ley existe ni media palabra dirigida a defender los derechos de esa ciudadanía. Es una ley mordaza, claramente volcada hacia un recorte radical de los derechos y libertades de todos los ciudadanos libres de este país. Es la misma libertad la que está en peligro. Si examinamos de cerca los planteamientos de estos nuevos preceptos, solo nos encontraremos con un ataque preventivo contra todo lo que se había conseguido en años de lucha contra los que nunca estarán dispuestos a ceder nada a lo que ellos consideran el populacho. No existe ningún espacio, ni grande ni pequeño, que esta ley no toque para encadenar las posibles acciones de una ciudadanía que vive todavía bajo los efectos del narcótico del miedo y de la mentira. Pretende adelantarse a un posible despertar que, si miramos la historia de este país, siempre sería con consecuencias graves. Si esta ley se aprueba solo quedara el derecho a llorar en silencio, a no mostrar ninguna discrepancia en público, y hasta casi en privado si no estamos seguros de las personas que nos acompañan en ese momento. El tono de la voz será medido y, a partir de ciertos decibelios, se considerará desacato al orden público. Las reuniones deberán ser controladas, no sea que a alguno de los presentes se le ocurra la brillante idea de lanzar alguna crítica contra los dueños de este país (y todos sabemos ahora mismo quienes son). Se pretende encadenar el pensamiento y hasta la conciencia. Se busca la creación de un país de productores sumisos que recibirán el pan amargo de la indignidad y tendrán la obligación de mirar con gratitud hacia los verdugos. Sin levantar demasiado la vista porque podría ser considerado como un acto de orgullo contra los que tienen la "legitimidad" del mando. Eso es exactamente el punto, la encrucijada en la que se encuentra una nación que, fuera de las fronteras, se mira con desconfianza, sirve de burla y algunos ya consideran como un buen oasis para negocios turbios. Una realidad trágica, gris, enlutada por la ineficacia de unos y la ira de los que todavía entienden que la obediencia debida no se está cumpliendo en su totalidad. Después de todo lo visto, y todo lo que queda por ver, solo me queda una pregunta: ¿donde está el punto de ruptura de un panorama en el que ya no existen ni razones ni razón? Está última se adormeció y los monstruos recorren los espacios buscando a todos los que muestren algún síntoma de haber perdido el miedo. Cuando se ha perdido toda esperanza, y el miedo se va desvaneciendo, llega algo que ninguna ley, ningún escrito, ni la firma de ningún gobernante es capaz de parar. Entonces empiezan las grandes tribulaciones cuyo destino es siempre imprevisible y en las que nadie está a salvo, incluso los que se esconden detrás de sus murallas, sus normas, sus cajas fuertes, sus guardas de seguridad y su moral decadente. Habrá que ir tomando nota.